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Fue el hambre, que a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, hizo salir a los pescadores de la Praia da Vieira, en el municipio de Marinha Grande, en busca del sustento que las condiciones del mar no les ofrecían durante el invierno.

Como encontraron que el río Tajo era en esa época “un jardín de peces” cambiaron la pesca en el mar por la del río, primero en esa estación del año, después se fueron quedando con las familias, viviendo en los barcos, remontando o descendiendo por el río. Por eso les llamaron “avieiros”, o sea “gitanos del río”.
Pero, con el pasar de los años, los dueños de las tierras junto a las márgenes del río, los autorizaron a establecerse en esas zonas del Tajo, donde comenzaron a construir las primeras casuchas de madera sobre estacas y cubiertas de paja o cañas. Las estacas, que ya usaban en las dunas junto al mar y que impedían que la arena entrase en casa, eran ahora la salvación para las crecidas del río.

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Además de la Palhota, la única que conserva las mayores semejanzas con la tradición “avieira”, todavía existen las ruinas del Patacao, aldea abandonada en 1988. En las Caneiras,  las nuevas casas prefabricadas de madera y teja sustituyeron a las casas tradicionales “avieiras”. El Esteiro do Nogueira, en Vila Franca de Xira, se transformó en una moderna marina y en la desembocadura del río Alviela, las dos aldeas llamadas Barreiras do Rio y Barreiras do Tejo esperan, desde mediados del siglo pasado, que la lluvia y el viento se encarguen de destruirlas.

Empecinados, los “avieiros” siempre lucharon por sobrevivir desde que observaron que el río Tajo moría lentamente. Sus hijos, que emigraron o fueron a trabajar para las fábricas, quedaron a la espera, siempre con los ojos puestos en el río. Y no se sabe bien el porqué, pero los peces que habían desaparecido regresaron al río. Regresó el sábalo, la lamprea. Y volvieron a la pesca los hijos de los últimos “avieiros” del Tajo, en un regreso a las raíces, llenando el río de bellos barcos con las proas apuntando al cielo..

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